miércoles, 25 de febrero de 2015

Sentencias de la niña lúcida


No me puedo quejar de absolutamente de ninguna de las enfermedades que vinieron porque, con la inteligencia que sólo puede poseer una niña de cinco años, yo sabía, a ciencia cierta, que aquel día me moría. Y eso que no tenía ni idea de alergias, ni de epitelio animal, ni de neumonías ni asma ni de nada que se le parezca. Y hubiese sido así si aquel médico, tan grande y con barba, no me hubiese recetado algo tan aparentemente sencillo como antibióticos. Fue tan sencillo que me horroriza pensar que hubiese ocurrido si hubiese nacido en otro siglo, en otro continente, en otra familia o en ninguna. Recuerdo perfectamente la presión en el pecho, el ruido de cuerpo desgastado que emitían mis pulmones, mis labios casi púrpura que le pedían a mi madre que me diera la mano y como se me iba la vida en cada suspiro. Es probable que, por un rato, yo estuviera condenada a la muerte y ahora ¿qué quiero?… ¿que después de haber vivido muchos más años de prestado todo marche como la seda? Creo que si se lo preguntará a la niña lúcida de cinco años me diría que bastante es con que no te has muerto y que alguien tuvo la idea de inventar la penicilina. Y me cerraría la boca y me quedaría tan callada como se quedó mi madre cuando aquella niña pronunció su severa sentencia: “Mamá, me estoy muriendo.” Pero al final, yo le diría, con mucha rabia: “Sí, pero tú te quedaste sin gato y bien que lloraste”. Porque, las dos, seguimos siendo igual de vulnerables y tenemos la misma mala leche.
 
Foto de Laura Williams


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